Martha Arteaga es una víctima más de una negligencia médica. Perdió su autoestima y casi dos años de su vida. Hoy está más sola que nunca. Culpa al sistema de salud colombiano, en el que cada médico atiende a 36 pacientes en diez horas.
Una operación arruinó su vida
FUENTE www.kienyke.com
En el calendario habían pasado treinta y tres días. Martha Arteaga despertaba de una sedación que le alteró la conciencia y le dejó pesadillas como recuerdo. Sus pies y manos estaban atados, tenía varias mangueras conectadas al cuerpo. Un tubo en la boca le impedía hablar. Pesaba cuarenta kilos, su cuerpo estaba hinchado, y su pelo rojo, enredado como un nido. No habría podido reconocerse frente a un espejo. El tiempo no se detuvo, pero para Martha solo había vuelto a amanecer.
“¿Por qué no me quita ese trapo?”, preguntó con insistencia mientras recibía un baño. Las enfermeras le pidieron un poco de paciencia porque no era el momento de cambiarle la sábana blanca que envolvía su abdomen. No entendía lo que sucedía. Cuando pudo vérselo sufrió un ataque de nervios y lloró durante dos días. La piel había sido reemplazada por una especie de bolsa plástica fétida que supuraba materia. También le habían practicado una ileostomía. A los 39 años, una laparoscópica le cambió la vida luego de que el médico, sin darse cuenta, le perforó el intestino.
Los problemas de salud comenzaron con su primera menstruación. Martha tenía periodos irregulares, dolores en el bajo vientre, cólicos fuertes y sangrados abundantes. Sabía que no era normal, pero solo cuando notó que no podía quedar en embarazo, consultó a un especialista. Junto a su ex esposo, con quien estuvo durante veinte años, se sometió a todo tipo de exámenes de fertilidad. Los resultados fueron normales. Una rutina sin hijos y la infidelidad de su esposo acabaron con el matrimonio. En ese momento Martha decidió descubrir el origen de sus constantes inflamaciones y sangrados.
Luego de contarle su historia a una ginecóloga de la Eps, recibió una orden para someterse a una cirugía laparoscópica diagnóstica. No había ninguna especificación ni autorización de otro procedimiento. Era un examen para ver su aparato reproductor y descubrir el origen de sus dolencias. Un año después, una junta médica autorizó la laparoscopia. El siguiente paso fue asistir a una cita con un anestesiólogo, quien durante la consulta sólo la cuestionó sobre algunas rutinas, pero no le solicitó exámenes prequirúrgicos. La laparoscopia fue programada para el 8 de abril de 2009 a las 2.00 p.m.
Según un proceso judicial que Martha adelanta contra su EPS, nunca fue informada sobre las posibles complicaciones, efectos secundarios o adversos, riesgos, alternativas y beneficios. Además, el médico que aparecía en la autorización no fue quien le practicó el examen.
En lo que va del 2012, la Secretaría Distrital de Salud ha recibido 1938 quejas de usuarios sobre el sistema de salud. Éstas son remitidas al Tribunal de Ética Médica de Bogotá para adelantar un proceso de investigación. Allí analizan si el médico actuó con imprudencia, fue negligente, o cayó en impericia o inobservancia de los reglamentos o deberes a su cargo.
Dora Bernal, abogada del grupo Camargo & Cartagena, dice desde su experiencia que a sus oficinas llegan en un mes entre cuatro y quince casos de personas víctimas de negligencia. Las más afectadas son las mujeres en proceso de gestación, a quienes en ocasiones les niegan algunos procedimientos. Quienes más consultan a este grupo de abogados, especialistas en temas de salud, pertenecen al estrato tres o cuatro.
Martha está sentada en la sala de su casa, ubicada al sur de Bogotá. Han pasado tres años desde aquella laparoscopia que le robó dos años de vida. En el pasado quedó la mujer talla seis de cintura diminuta. Vive sola en un primer piso. “No tuve hijos porque no los puede tener, no tengo esposo porque se fue”, dice con melancolía.
Cuando el médico encargado de la laparoscopia abrió el abdomen de Martha y lo examinó, encontró una endometriosis. Una enfermedad que consiste en la aparición y crecimiento de tejido endometrial –el encargado de producir la regla durante el ciclo menstrual– fuera del útero. Es común en los ovarios, detrás de útero, ligamentos uterinos, vejiga urinaria o en el intestino.
“El doctor, al verme que yo tenía la endometriosis, procedió”, dice Martha llorando. El médico tratante le realizó un procedimiento denominado: “Cirugía Laparoscópica de Escisión y Ablación de endometriosis”. Algo que no estaba estipulado en la autorización. Mientras retiró el tejido que le producía sangrados y dolores pélvicos, cortó el intestino sin darse cuenta. Horas después, Martha salió de la clínica con dolor abdominal y vómito, síntomas normales después de la anestesia general. Sin embargo, fueron tantos sus quejidos que le dieron una cita con un ginecólogo veinte días después.
Desde aquel momento, Martha perdió la conciencia. No recuerda lo qué pasó después, pero conoce la historia porque sus hermanos la han reconstruido. Luego de cuatro días, fue llevada a urgencias porque no mejoraba. Se quejaba de dolor, sólo toleraba algo de agua y suero oral. El vómito no cesaba. Un examen de rayos X demostró que tenía en su abdomen una obstrucción intestinal.
Luego de varias horas y de que cuatro médicos valoraran su estado de salud el dictamen fue: “posible intervención quirúrgica urgente y necesidad de Unidad de Cuidados Intensivos (UCI)”. Pero no hubo una intervención inmediata. Siete horas después de su ingreso, Martha fue intervenida. Tenía peritonitis.
Por su estado de salud debía ser remitida a una clínica de tercer nivel. Fue rechazada en la primera porque no había lugar. Finalmente, luego de esperar 44 minutos, una ambulancia la llevó a otro lugar donde fue recibida y comenzó su proceso de recuperación en la UCI. Los partes médicos decían que tenía una infección en el abdomen y era tratada con diferentes tipos de antibióticos. Martha fue sometida a quince cirugías abdominales y a más de dos intervenciones en el tórax. Durante un lavado, uno cada 48 horas, le extrajeron 500 centímetros cúbicos de pus del abdomen. Ya en su casa, Martha fue atendida por la peritonitis luego de que interpuso una tutela, que no cubrió su endometriosis.
A su salida de cuidados intensivos, fue a buscar al médico responsable. “Yo le dije que me explicara por qué me había vuelto así. Él me hizo unos dibujos, me pidió disculpas y dijo que en sus 18 años de carrera nunca había cometido un error médico”. Los médicos que trabajan en la sección de urgencia de una Eps suelen trabajar entre diez y doce horas diarias. Depende de la complejidad de la patología de los pacientes, pero en promedio atienden tres o cuatro por hora. Unos 36 en un solo turno. A cada paciente se le dedica entre 15 y 20 minutos.
Martha tuvo que volver al quirófano, primero para realizarse un injerto de piel, luego para retirarse la ileostomía y finalmente para cerrarse el abdomen. Tiene una mancha híper pigmentada en una de sus piernas por la piel que le retiraron para el injerto. En su abdomen, sin ombligo, tiene atravesada una cicatriz de color marrón que sólo aclarará en siete años, y otra que se asemeja a una cremallera tan larga como un dedo índice.
Ahora, con cuarenta y tres años, la endometriosis volvió a aparecer. Tiene un quiste en el endometrio de siete por siete centímetros. Su ginecólogo no se atreve a medicarla porque la enfermedad podría empeorar. Tampoco la operan porque perdió todo el músculo de su abdomen. Espera que a través del proceso judicial que adelanta en contra de su Eps, con la asesoría de Camargo & Cartagena, pueda lograr una indemnización porque los 200 mil pesos que gana al mes haciendo costuras no le alcanzan para vivir.
Martha Arteaga se siente triste, no duerme bien y tiene el apetito alterado. Llora sin razón y no le gusta mirarse al espejo. Tiene problemas sexuales y se siente sola. “Le pregunto a Dios ¿por qué me dejó sola? Le he pedido que se acuerde de mí. ¿Qué va a ser de mí en la vejez? ¿De qué me sirvió todo esto?”.
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